domingo, 4 de enero de 2015

El asesino del Maracaná

“No piensen en toda esa gente, no miren para arriba, el partido se juega abajo y si ganamos no va a pasar nada. Los de afuera son de palo. El partido se gana con los huevos en la punta de los botines". 

Varela jamás imaginó el significado de sus palabras. Como típico charrúa, nació con una sentencia grabada en su memoria: Ganar.

El 16 de julio de 1950 fue el día en que se volvió inmortal. Murió el guerrero y nació la leyenda. Un país lo adoraba, mientras que para otro sólo era un asesino de las canchas.

La leyenda cuenta que esa tarde los once guerreros se plantaron en el Maracaná con un apetito voraz de triunfo. Sin importar el resultado, estaban preparados para entrar a la arena donde serían asesinados ante la mirada de más de doscientas mil almas, que se convertirían en cómplices y testigos de tal atrocidad.

Un directivo uruguayo se acercó y pidió mesura a sus combatientes. “Muchachos, no se hagan mucho problema. Solamente traten de no comerse seis goles. Con cuatro estamos cumplidos”

Las palabras derrotistas encendieron el corazón del Negro jefe, quien como auténtico comandante del batallón uruguayo sentenció, “Los de afuera son de palo”. Sus palabras despertaron un hambre triunfo ante la adversidad de los visitantes y del enemigo interno. Obdulio Varela sí creía en el milagro charrúa.

La canarinha saltó a la cancha con sus once hombres comandados por el goleador del certamen; Ademir. Luego de un primer tiempo sin goles, apareció Friaça Cardoso al minuto 48’ para dar la ventaja al local. El cinco de Uruguay recorrió la mitad de la cancha para coger el balón de las redes y reclamar un fuera de juego inexistente al juez de línea.

“Ahí me di cuenta que si no enfriábamos el partido, esa máquina de jugar al fútbol nos iba a demoler. Esos tigres nos comían si les servíamos el bocado muy rápido”, sentenció Varela.

Su astucia fue el punto clave para que Juan Schiaffino empatara a los 66’, y posteriormente Ghiggia diera la estocada final. El gigantesco coliseo enmudeció, y Obdulio Varela no paró de gritar, correr y defender su portería hasta el último segundo.

Rimet abandonó su asiento poco antes de la hazaña. Así, al llegar al césped se dio cuenta que el trofeo regresaría a tierras charrúas.

La historia cuenta que después de esa tarde el equipo uruguayo celebró en su hotel la victoria; sin embargo, el Negro jefe decidió salir a beber unas cervezas acompañado de Ernesto Matucho Figoli, el masajista del equipo. Obdulio quedó sorprendido de la desolación y tristeza que había causado a la afición brasileña.

Visitó el bar de un amigo, donde se encontró con un grupo de hinchas rivales. El dueño del bar escuchó su conversación y les comentó que Varela se encontraba en el lugar. Los hombres se acercaron para invitarle unos tragos y desaparecieron toda la noche.

Quizá nunca se sepa más de lo que ocurrió aquella noche. Pero después de esa aventura, el cinco de Uruguay siempre mostró respeto y simpatía por los brasileños.

Su hazaña será contada a través de los años y probablemente nunca será olvidada, aunque no era lo que más deseaba Obdulio, quien tiempo después confesó que le hubiera gustado devolver la medalla ganada. El deportista uruguayo más importante del siglo XX falleció en 1996 en medio de la soledad y la pobreza. 

Obdulio Varela, el legendario responsable del Maracanazo, nació un 20 de septiembre de 1917. Hoy, a 97 años de su nacimiento, en juanfutbol recordamos al Negro jefe.

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El vende ilusiones


Su sonrisa es capaz de envolver a cualquiera. Poco importa si es la más bella o la más brillante, solo verla produce una satisfacción inigualable. Un hombre singular, de tez morena, labios engrosados, ojos saltones y un carisma que atrapa. Su nombre es Ronaldinho; su mayor virtud es vender ilusiones. 

El trotamundos del futbol paralizó pueblos y ciudades, acaparó la televisión y estuvo en boca de todos; sin importar el lugar y los colores del equipo, Ronaldinho satisfizo a su afición con la gloria y el júbilo de ser campeón. Se coronó en cuanto club pisó. 

La llegada de Ronaldinho a México funcionó para revivir en la mente del aficionado glorias pasadas, regates históricos y pinceladas que por algún tiempo colorearon el Camp Nou. En México, seguidores propios y extraños han sucumbido ante él. Más de una vez le han aplaudido su toque de balón, sus disparos errados y velocidad nula. Las gambetas sólo son fantasmas perdidos en 90 minutos de mediocridad. 

Dinho ha sido el negocio perfecto para un país que vive el futbol. Su legado en el balompié nacional ha dejado 115 millones de pesos. Olegario Vázquez Aldir es el personaje de negro detrás del telón. Un hombre de negocios, no de futbol; el sujeto que montó una realidad incierta que sólo beneficia a los usurpadores de este deporte.

El hombre que alguna vez levantó el Bernabéu ya no lo es más. Nos vendieron la magia de un hechicero de otra época, de un comerciante vende sueños a las afuera del inmueble de Colinas del Cimatario número 76090. 

Ronaldinho se ha convertido en el souvenir preferido de los aficionados, aquel que vive de glorias pasada y sueños rotos. México lo arropó como otro compatriota más. Su sonrisa nos conquistó sin efecto alguno.

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